Estamos en 2030 y echando la vista atrás puedo ver como el mundo y la sociedad han cambiado rápidamente en los últimos años, pero no ha afectado igual al sistema educativo. Las escuelas no han sabido adaptarse a las necesidades sociales educativas relacionadas con la forma de aprender y recoger información.
El método de aprendizaje dominante en las aulas se centra mayoritariamente en la clase magistral. Esta metodología es la responsable de reducir los niveles de motivación y curiosidad de los alumnos desde la enseñanza primaria a la secundaria.
La falta de adaptación de la enseñanza al nuevo cambio social está reorientando el foco de debate sobre el papel que la escuela debe adquirir y, consecuentemente, la del profesorado. La escuela que demanda la sociedad es una que premie la creatividad y el conocimiento de sus estudiantes, que mantenga sus ganas por seguir aprendiendo, participar en la dinámica del aula de una forma activa y, sobre todo, que les prepare para el mundo al que van a tener que enfrentarse.
Para mejor esta enseñanza y crear este tipo de escuelas, es necesaria la incorporación de las nuevas tecnologías al aula para transformar y convertir el desarrollo tecnológico en desarrollo social.
Todos estos puntos nos hacen preguntarnos qué apariencia tendrán las clases del futuro, qué papel tendrán los profesores en ese sistema y sobre todo, qué papel tendrá la tecnología en el 2030.





